Muchas veces estamos vivas, pero no del todo presentes. Cumplimos tareas, respondemos mensajes, resolvemos pendientes, atravesamos los días… Nos acostumbramos. Nos acostumbramos a los paisajes, a las personas, a los gestos.
Y sin darnos cuenta, esa costumbre va apagando algo esencial: nuestra capacidad de sorprendernos.
¿Qué significa permitir que la vida nos sorprenda?
No significa que tengan que pasarnos cosas extraordinarias. Significa estar abiertas a que lo cotidiano nos toque. Mirar con curiosidad. Darle espacio a lo inesperado.
La sorpresa aparece cuando bajamos la guardia. Cuando miramos el cielo que es único en sus formas y colores, cuando respiramos profundo y nos detenemos un momento frente algo que llamo nuestra atención. Volver a mirar. Volver a permitir que la vida nos alcance porque la sorpresa es el idioma de la vida. Nos habla a través de lo pequeño, de lo inesperado.
¿Qué cambia cuando recuperamos la sorpresa?
- Sentimos más vitalidad.
- Nos conectamos con la alegría simple.
- Nos volvemos más sensibles.
Y es que la sorpresa suaviza el corazón, nos vuelve niñas abiertas a la maravilla de la vida nos lleva de la mano al agradecimiento.
Cómo entrenar la capacidad de sorpresa
La sorpresa se entrena con pequeños gestos:
- Hacer una pausa diaria.
- Respirar profundo antes de empezar el día.
- Mirar el cielo, un árbol, una persona, sin prisa.
No se trata de cambiar tu vida. Se trata de cambiar tu forma de mirarla.
Una vez al día, pregúntate: ¿Qué me sorprendió hoy?
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