El cambio suele aparecer cuando algo externo irrumpe en nuestra vida y nos pone en alerta. Una situación nueva, una pérdida, una dificultad, una decisión que no podemos seguir aplazando… Algo se presenta ante nosotr@s y nos invita a hacer cambios.
Hablar de cambio es, quizás, hablar de una de las cosas que más nos cuesta a los seres humanos. Nos acostumbramos a nuestra forma de ser, de actuar, de relacionarnos, de organizar nuestra vida. Construimos maneras conocidas de responder a lo que nos sucede y, mientras funcionan, nos ofrecen cierta sensación de seguridad. Por eso, cuando la vida nos coloca ante una situación nueva, no solo tenemos que afrontar lo que está ocurriendo. También tenemos que aprender a colocarnos de otra manera ante lo que ocurre.
Los cambios repentinos nos sacan de nuestra zona conocida, nos enfrentan a la incertidumbre y nos llevan a un territorio en el que todavía no sabemos muy bien cómo desenvolvernos. Y ahí aparece una palabra que suele acompañar al cambio: esfuerzo.
Cambiar implica esfuerzo. Es el esfuerzo de soltar, de aprender, de probar otras maneras, de aceptar que quizá lo que nos servía hasta ahora ya no nos sirve de la misma manera. Pero el esfuerzo, por sí solo, no determina cómo atravesaremos un cambio. También importa nuestra actitud ante aquello que nos está sucediendo.
Podemos vivir las situaciones difíciles únicamente como obstáculos que tenemos que superar. O podemos acercarnos a ellas con la actitud de quien aprende: observar qué está pasando, preguntarnos qué necesitamos, descubrir qué podemos hacer de otra manera y dar un paso más en nuestro propio proceso.
Y esto me recuerda un cuento:
Un estudiante estaba en el laboratorio con su profesor. Estaban observando el proceso de transformación de los gusanos en mariposas. Un día, el alumno se quedó solo en el laboratorio y vio cómo uno de los capullos empezaba a abrirse. Poco a poco, una pequeña mariposa intentaba salir de su envoltura. El estudiante observó durante un rato el esfuerzo que hacía para conseguirlo. Le pareció que estaba sufriendo demasiado y decidió ayudarla. Con mucho cuidado, hizo una pequeña abertura en el capullo para facilitarle la salida. La mariposa salió, pero algo no iba bien. Permaneció allí, inmóvil, sin conseguir desplegar sus alas ni emprender el vuelo. Cuando llegó el profesor, el alumno le contó lo que había hecho.
—Pensé que necesitaba ayuda —le explicó—. Estaba haciendo mucho esfuerzo para salir.
El profesor lo miró y le dijo:
—Precisamente ese esfuerzo formaba parte de su proceso. Al luchar por salir del capullo, la mariposa desarrolla la fuerza que necesita para abrir sus alas y volar. Al querer facilitarle el camino, le has evitado una parte necesaria de su transformación.
El cuento nos recuerda que hay procesos que no podemos hacer por los demás y hay aprendizajes que necesitan ser atravesados.
A veces, ante nuestras propias dificultades, también deseamos encontrar un camino más fácil, una solución rápida o alguien que nos ayude a evitar el esfuerzo y la incertidumbre. Y, sin embargo, algunos cambios necesitan tiempo.
Necesitan que atravesemos lo que todavía no conocemos, que probemos, que nos equivoquemos, que descubramos recursos que quizá no sabíamos que teníamos.
Cambiar significa descubrir una nueva manera de ser nosotr@s mism@s ante una nueva realidad. Quizá el verdadero reto no sea conseguir que la vida deje de cambiarnos, sino aprender poco a poco a cambiar con ella.
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