Buscamos certezas, seguridad, puntos de apoyo. Necesitamos sentir que sabemos qué va a ocurrir y que tenemos cierto control sobre nuestra vida. Y, sin embargo, la vida nos recuerda una y otra vez que es incierta y cambiante.

Por mucho que intentemos controlar nuestro mundo, hay situaciones y circunstancias que sucederán sin que las esperemos y sobre las que no tendremos ningún poder para modificarlas. La incertidumbre forma parte de la vida.

Y quizá el reto no sea conseguir que desaparezca la incertidumbre, sino aprender a caminar con ella. No siempre podemos cambiar las circunstancias, pero sí podemos preguntarnos qué podemos hacer nosotros con aquello que nos ha tocado vivir.

Incluso en medio de las dificultades, podemos seguir avanzando. A veces no sabemos exactamente hacia dónde nos llevará el camino, pero podemos dar el siguiente paso.

Y aquí aparece una palabra fundamental: aceptar.

Aceptar para poder avanzar

La aceptación puede ser el punto de partida de cualquier cambio.

Cuando luchamos constantemente contra aquello que no podemos cambiar, una gran parte de nuestra energía se queda atrapada en esa lucha. Aceptar nos permite dejar de gastar fuerzas intentando modificar lo que está fuera de nuestro alcance y empezar a preguntarnos:

¿Qué puedo hacer ahora con esta realidad?

ACEPTAR NO SIGNIFICA RESIGNARSE.

Resignarse es abandonar, renunciar, pensar que nada puede hacerse.

Aceptar es reconocer la realidad tal como es, aunque no nos guste, para poder buscar otros caminos que nos permitan vivir de la manera que deseamos.

Aceptar no significa que aprobemos lo sucedido, que dejemos de luchar por aquello que sí podemos cambiar o que renunciemos a nuestros deseos.

Significa dejar de luchar contra lo que ya es para poder empezar a actuar sobre lo que todavía puede ser.

La aceptación nos permite recuperar nuestra capacidad de elección. Y también nos ayuda a descubrir que los cambios, incluso aquellos que llegan sin haberlos elegido, pueden abrir oportunidades para aprender, crecer y descubrir recursos que quizá desconocíamos.

¿Cómo podemos aprender a convivir con la incertidumbre?

Hay algunas actitudes que pueden ayudarnos.

Vivir el presente.

Hoy es hoy y mañana es mañana. Muchas veces sufrimos anticipadamente por aquello que todavía no ha ocurrido. Nuestra mente intenta adelantarse para encontrar certezas y controlar lo que vendrá. Pero el futuro todavía no está aquí. Podemos volver al presente y preguntarnos:

¿Qué necesita de mí este momento?

Focalizar nuestra energía en el aquí y ahora nos devuelve al único lugar en el que realmente podemos actuar: el presente.

Distinguir lo que depende de mí de lo que no depende de mí.

Podemos preguntarnos:

¿Qué está en mis manos?
¿Qué puedo hacer yo?
¿Qué necesito aceptar porque no puedo modificarlo?

Poner nuestra energía en aquello que sí depende de nosotras no elimina la incertidumbre, pero nos devuelve algo muy valioso: nuestra capacidad de respuesta.

No podemos controlar todo lo que ocurre, pero podemos elegir cómo queremos responder ante lo que ocurre.

Y quizá ahí se encuentre una de las claves para vivir con mayor serenidad:

no necesitamos tener todas las respuestas para seguir caminando.

Necesitamos saber cuál es el siguiente paso.

Como nos recuerda Antoine de Saint-Exupéry:

“Si al franquear una montaña en la dirección de una estrella, el viajero se deja absorber demasiado por los problemas de la escalada, se arriesga a olvidar cuál es la estrella que lo guía.”